Imagine la reacción de los jóvenes en la mesa. Mientras ellos disfrutaban de aquel banquete lleno de delicias, que el rey mandaba a los que le servían, aquellos cuatro individuos en el rincón solo comían legumbres y bebían agua. “Deben estar siendo castigados por algún error, o cumpliendo alguna penitencia, haciendo algún tipo de experimento, o tal vez solo estén locos”, los otros deben haber pensado.
En realidad, fue una elección bien cons ciente de Daniel, Ananías, Misael y Azarías la de abstenerse de la alimentación extravagante que era servida en la corte babilónica (Daniel 1:5-20). Apesar de estar en cauti verio, ellos no olvidaron los principios de salud que aprendieron en su casa, en Jeru salén. Mantuvieron los buenos hábitos, hasta que el rey mandó a llamar a todos esos jóvenes para servir en su consejo personal.
Contrariando a las expectativas, aquellos cuatro “locos” se destacaron no solo por su apariencia vigorosa, sino también por su inteligencia y raciocinio superior. Salud. Si este no fuese un tema impor tante, no sería tan recurrente en la Biblia.
Desde el Edén, Dios dejó al hombre orien taciones sobre los hábitos saludables. Ycuando Dios determina algo, no es para ver a sus criaturas sufriendo privaciones y abs tenciones. ¡Por el contrario! Él creó nuestro cuerpo, por eso él sabe la mejor manera de hacerlo funcionar bien.
Es como un fabri cante de autos que sabe exactamente qué combustible proporcionará el mejor desempeño de aquel modelo. Adán y Eva tenían, en el jardín, todo lo que necesitaban. Alimentos naturales, sol en la cantidad correcta, aire purísimo, agua potable corriendo de las fuentes, contacto con la naturaleza, una rutina activa, pero sin estrés, noches agradables de sueño y un privilegiado encuentro personal con Dios diariamente.
Si el pecado no hubiese invadido esta realidad, ellos aún estarían viviendo de la misma forma, todavía con el mismo vigor y juventud, sin ningún perjui cio a su cuerpo o a su mente. Aun con el pecado y sus consecuencias, las orientaciones del Creador para nuestra sa lud continúan siendo la mejor opción para amenizar y retardar los efectos del mal so bre nosotros. Aquellos famosos “remedios de la abuela” pueden hasta funcionar bien, pero la “receta del Padre” no solo cura las enfermedades, sino que también ayuda a prevenirlas y nos da más disposición.
Esta receta combina ocho ingredientes muy simples: alimentación natural y equi librada, luz solar, agua, aire puro, buen sentido de la temperancia, sueño de calidad, actividad física y comunión con Dios. ¿Por qué no hacer de esta receta una tra dición en su familia?
De las palabras a la práctica
• En familia, dediquen tiempo frecuente para actividades al aire libre, donde puedan disfrutar del contacto con la naturaleza y ejercitar el cuerpo.
• Promuevan comidas saludables.
Si es posible, prepárenlas juntos, pues ese momento de preparación de los alimentos puede ser tan bueno para socializar como el momento en la mesa.
• Desalienten el uso de aparatos electró nicos mientras estén juntos.
Aprovechen la compañía unos de otros, interactúen y es trechen relaciones.
• No deje de realizar el culto familiar.
Dios necesita estar tanto en el centro de la fami lia como en la vida personal.