Aquel viernes parecía eterno. Ma ría había acompañado, durante todo el día, la trayectoria de hu millación, condenación y castigo injusto de su hijo. Ahora, estaba delante, tal vez, de la escena más fuerte de todas: Jesús pendiendo de la cruz, suspirando en sus últimos res quicios de vida.
No es el tipo de cosa que una madre debería presenciar. ¡Imposible describir el dolor de María! En aquel momento, Cristo mira hacia ella y, p e rc ibiendosusufrimiento, delegaasudiscípulo Juan, que estaba presente, la tarea de cuidar de ella como si fuese su madre (Juan 19:25 y 26). Él sabía que solamente la co modidad del hogar podría amenizar aquel dolor.
No hay vida perfecta que no atraviese momentos de sufrimiento y angustia. Pero es en las horas difíciles que las personas perciben cuánto necesitan unas de otras, ya sea para sanar un dolor, recibir un consejo o buscar ayuda material, y cuanto necesitan de Dios. Es en esos momentos que los lazos se estrechan, con la esperanza de una fuerza extra.
Así como Cristo se ocupó de conseguir el cuidado para su madre, Dios nunca desamparó a sus hijos. Desde Génesis al Apoca lipsis, la Biblia está repleta de experiencias que muestran a Dios actuando en favor del ser humano que sufre; no solo profiriendo palabras de esperanza, sino también transfiriendo su abrazo reconfortante por medio de ángeles y de personas. Aún hoy, Dios no está indiferente a nosotros.
Él siempre está atento a nuestras pér didas, a nuestros planes frustrados, nuestras ansiedades y nuestro sentimiento de impo tencia. Él cuida de nosotros por medio de nuestros amados. De la misma forma, Dios nos usa para amparar, confortar y orientar a las personas de nuestro alrededor.
La familia y los amigos son el concreto abrazo de Dios extendido a nosotros. Cuando permitimos que Dios nos use en favor de la felicidad de los otros, pidiendo a Dios sabiduría, amor y empatía para lidiar con el prójimo, la bendición comienza y se manifiesta en nuestra propia vida en forma de alegría, satisfacción y aprendizaje. ¡Disfrute de esta bendición!
De las palabras a la práctica
• En familia, lean el segundo capítulo del libro El ministerio de la bondad, de Elena de White.
Identifiquen de qué manera Cristo puede usarlos en favor de los otros.
Con sideren, también, leer la obra completa, y extraer otras lecciones valiosas.
• Conozca los sueños, las frustraciones y las incomodidades de sus familiares.
Re cuérdeles constantemente de su disposición para ayudarlos y ampararlos. También, no dude en compartir con ellos sus sentimien tos.
Los miembros de la familia necesitan sentir y transmitir fuerza para luchar por las conquistas los unos de los otros, confianza para dividir sus cargas, y consuelo en los momentos difíciles.
• Entreguen a Dios, en sus oraciones en familia, sus sueños y sufrimientos.
Desarrollen la confianza y paciencia, permitiendo que él actúe en sus vidas conforme a su voluntad.