Suena extraño en la sociedad de hoy hablar sobre el concepto de pecado. El discurso relativista de muchos no encuentra espacio para admitir que todos nosotros tenemos culpas y angustias. Son elementos con los cuales tenemos que tratar, consciente o inconscientemente.
Aunque algunos insistan en vivir como si estos no existiesen, allí están esos dos sentimientos que, muchas veces, pueden venir a la superficie y volverse incontrolables e imposibles de convivir con ellos. En la Biblia, el pecado es presentado como un elemento desestabilizador en la convivencia humana con Dios. En el libro de Génesis, se explica el efecto devastador que propor cionó esa separación del hombre y su Cre ador, pero las consecuencias aún están aquí.
El salmista dice que los seres humanos son naturalmente pecadores y llega a afirmar, en el Salmo 51, versículo 5 que “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. El pecado no es, por lo tanto, un tipo de comportamiento a ser vencido, sino una condición que afecta al ser humano en todas sus relaciones. La buena noticia es que bíblicamente es posible curar las heridas del pecado.
La angustia y la culpa, por ejemplo, no nece sariamente deben hacer nuestra vida inso portable. En el diálogo con el apóstol Pedro, Jesús le enseñó el concepto de perdón. En Mateo capítulo 18, versículo 22, Cristo, al responder a la indagación de Pedro sobre el número de veces que alguien debe perdo nar, afirmó: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”.
Históricamente, Pedro tenía la idea de que el perdón podría ser concedido a alguien hasta siete veces, pero Cristo rompió esa forma limitada de pensar sobre el asunto. El perdón es ilimitado, porque ilimitadas son las veces en que se hace necesario. En el ámbito familiar, se pueden desarrollar dos pensamientos para comprender el asunto.
El primero de ellos es que el perdón viene de Dios, pues él es el primero que perdona al ser humano naturalmente pecador. No es una iniciativa humana, sino divina. Ysolo nos es necesario aceptar ese perdón, porque es ofrecido a cada uno de nosotros en carácter de remisión.
El segundo punto es que, en la familia, debe ocurrir ese mismo proceso. Así como recibimos el perdón divino gratuitamente, debemos perdonarnos unos a otros siempre. Ejercer eso que se nos ha enseñado.
Sin perdón en el hogar, sobran las situaciones de tensión y, consecuentemente, angustias no resueltas y con las cuales insistimos en no lidiar. La familia va, poco a poco, desestructurándose y no logra entender la razón por la que eso se está dando. Y la angustia, el pecado no admitido entre los miembros de la familia que va a corro er las relaciones hasta que no existan más.
Vale para la pareja y vale para los hijos. Sabiamente, el apóstol Santiago sugiere, en su carta en el capítulo 5, versículo 16: “Con fesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados”.
De las palabras a la práctica
• Reúna a la familia una vez por semana para hacer el momento de perdón.
En el que unos van a decir a los otros sobre algu na angustia o molestia que poseen.
Después, pidan perdón y cierren con una oración.
• Lea, en familia, el capítulo 19 del libro Parábolas de Jesús, de Elena de White, titulado “Cómo se alcanza el perdón”.