Apesar de haber derrochado toda la herencia que recibió, él sabía que aún tenía el amor incondicional del padre. Sí, aún estamos hablando del hijo pródigo, pues podemos extraer de esa historia otra lección valiosa. Él no era tan pretencioso al punto de creer que al volver a casa, sería recibido con todo honor y felicitaciones.
Sabía que se había equivocado, pero esperaba encontrar en su familia un resquicio de misericordia para aceptarlo de vuelta como uno de los siervos de la casa. De cualquier forma, eso demuestra confianza en un sentido de per tenencia que no lograba encontrar fuera del seno familiar. Que grata sorpresa tuvo cuando su padre, viéndolo que se aproximaba a la casa, maltrecho y avergonzado, ¡corrió para abrazarlo y recibirlo con el mismo amor de siem pre!
Fue en ese momento que él entendió lo que, de hecho, significa una familia: un refugio incondicional. Todos cometemos errores. Por más bie nintencionados y cuidadosos que seamos, estamos sujetos a decepcionar a los otros y ser decepcionados.
Pero es en esos mo mentos que Dios espera de nosotros la comprensión de que él mismo demostró por la humanidad caída, perdonando y buscando la reconciliación. Es cierto que, para nosotros, humanos, es difícil confiar plenamente en alguien que nos decepcionó. Eso es natural, una autodefensa para evitar nuevas decepciones.
Pero el perdón sobrepasa la confianza. Perdonar es liberar al otro y liberarse también de un sentimiento malo que corroe y sofoca. Tanto el perdón como la confianza son actitu des por demás complejas para que un ser humano se desprenda por sí mismo, pero Dios promete sabiduría y fuerza para quien esté dispuesto a abnegarse por el bienestar de todos (Filipenses 2:13).
Perciba también, en la historia del hijo pródigo, que el padre, al recibir al hijo de vuelta, provee todos los medios para que se sienta acogido. Antes de la fiesta de bienvenida, se preocupó en suplir las necesidades básicas del joven en ese momento, como ropas limpias y sandalias para los pies. Esa es una gran lección de humildad y atención.
Debemos estar atentos a lo que los demás necesitan, y servir con desprendimiento, sin esperar que nos devuelvan. En la oración modelo (Luc. 11:2-4), Cristo nos enseñó que, antes de buscar de Dios el perdón para nuestros pecados, necesitamos ofrecerlo a cualquiera que haya cometido una falta contra nosotros. Sin especificar el tipo de falta o a quien debemos perdonar, él nos muestra que el amor de Dios debe imperar en nosotros, por encima de todo orgullo y todo rencor.
De las palabras a la práctica
• En el culto familiar, lean el capítulo 6 del libro El ministerio de curación, de Elena de White.
Noten, en las actitudes de Je sús, citadas en el texto, cómo el valora ba al ser humano y lo trataba con amor incondicional.
Discutan sobre la postura que Dios espera que tengamos para con nuestros semejantes.
• Reflexione si hay, en su familia, al guien con quien usted tenga algún asunto pendiente; alguien que haya cometido alguna falta contra usted, o viceversa.
Busque, por medio del diálogo, la com prensión y la reconciliación, estando dispuesto a perdonar por completo o a demostrar su sincero arrepentimiento. Permítase liberar, y al otro, de toda an gustia y rencor, y desarrollar una relación de paz como Cristo desea.